.
PORTADA ÍNDICE
es
en
fr
br
sk
www.conocimiento-espiritual.es
LINKS CONTACTO
Add Bookmark
RSS



















ARTÍCULOS: CONOCIMIENTO 

La Gracia de Dios


La Gracia de Dios

Muchas religiones, al referirse a la doctrina del perdón de los pecados, hablan sobre la Gracia de Dios. Alegadamente, el “Dios del amor” perdona el hombre de todos sus pecados – todo lo que éste necesita hacer es arrepentirse sinceramente y confesarlos. Esta actitud, sin embargo, confunde el amor de Dios con debilidad, contradiciendo completamente la justicia divina. De acuerdo con la ley de acción y reacción todo – sea bueno o malo, - regresa para el hombre. Nada puede ser perdonado, pero todo debe ser quitado hasta el último centavo. Como dice la Biblia: un árbol bueno producirá buenos frutos y un árbol malo producirá frutos podridos, gustemos o no, acreditemos o no.

Veamos como este tal “perdón de los pecados” ocurre en la practica: el hombre reflexiona sobre lo que hizo hace algunos minutos y entonces se “arrepiente” de su actitud. Con eso, acredita que está todo resuelto. Siquiera intenta hacer cualquier empeño para promover un cambio en su intimo. Por qué lo haría? A final de cuentas, a él fue enseñado solamente arrepentirse y recitar algunas oraciones como señal de su arrepentimiento - y la Gracia de Dios entonces pondría todo en orden nuevamente. Este tipo de penitencia es solamente un pacificador ilusorio de la conciencia y no resulta en ningún efecto concreto. Los confesionarios están llenos de pecadores y el hombre sigue cometiendo los mismos errores siempre nuevamente, frecuentemente durante toda su vida.

La actitud automática de arrepentimiento de los pecados no resulta principalmente porque en este momento el hombre está lidiando con su pasado, aunque sean actitudes recientes; entonces, básicamente, él reflexiona sobre como él era, y no como él es. Los rasgos negativos de su carácter, los cuales lo llevó a actuar de forma errada y que deben ser eliminados, siguen presentes en su íntimo, no quedaron en el pasado. El pasado es solamente una memoria de nuestra mente, y no una realidad tangible, la cual podemos sentir y donde activamente podamos promover algún cambio.

Por lo tanto, el hombre es casi siempre capaz de seguir actuando de la misma forma errada, aunque acredite en la “Gracia de Dios” y confiese sus pecados. Mientras no se empeñe para librarse de las faltas de su carácter y, en vez de eso, siga lidiando con su pasado “muerto”, él no logrará éxito. Pensar sobre actos pasados sirve solamente para su auto-conocimiento, para que sepamos como somos y lo qué necesitamos hacer para promover cambios dentro de nosotros mismos, en el presente. Reflexionar excesivamente y vivir en el pasado nos desvía del foco del presente, dejándonos deprimidos al vernos quién éramos y así obscurecernos más aún. El verdadero cambio debe ocurrir en nuestro interior, y no en nuestros pensamientos. Pensamientos arrepentidos son insuficientes para tocar el espíritu y operar algún cambio en la naturaleza humana. Si el hombre desea cambiarse, debe sentir la desarmonía dentro de su corazón. No basta saber que haya actuado inadecuadamente – él debe eminentemente sentir esta inadecuación dentro de si. Sentirla tan verdadera y profundamente a punto de jamás ser capaz de cometerla nuevamente, tal haya sido la sensación de repulsa que surge desde el fondo de su alma. Empeñarse por conocer la verdad sobre la causa de sus actos errados debe ser simplemente más fuerte de lo que el dulce deseo de pecar. Solamente entonces es posible recibir la dádiva de la Gracia de Dios.

Aunque el perdón prometido realmente resultase, aún habría algo importante: mientras se cuente con “todo el perdón de la Gracia de Dios”, frecuentemente olvidado – el hombre no reconoce los daños que pueda haber causado debido a su mala conducta. Y este es el momento cuando la verdadera Gracia de Dios puede ser empleada.

Para entender correctamente en qué consiste la Gracia de Dios, es necesario estar conciente de las leyes divinas que determinan la forma como las fuerzas en la Creación interactúan. Conforme una de estas leyes, solamente las fuerzas de la misma especie pueden afectarse una a otra.

Usted seguramente está familiarizado con la manifestación de esta ley en el mundo material: no se puede hacer un agujero en el agua; no se puede doblar el aire con un martillo; no se puede agarrar olas de radio con una red de cazar mariposas, etc., porque estos elementos poseen naturalezas distintas. De la misma forma, esta ley es también empleada en el reino espiritual, donde solamente es permitida la interacción entre elementos afines. Por lo tanto, cualquier injusticia que pueda ocurrir en la interacción entre fuerzas heterogéneas ya está de antemano descartada. La especie superior siempre dominaría como si, por ejemplo, atletas peso liviano y peso pesado, o profesionales y amadores, competiesen entre si.

Ahora, veamos como esta ley se emplea a los actos humanos:

Imagine dos personas que, hace mucho tiempo, hayan intencionalmente afectado la salud de alguien. Supongamos que uno de ellos haya percibido el perjuicio de sus actos y haya entonces cambiado su interior; el otro, sin embargo, no haya percibido y además los haya tomado como correctos, los justificando como la ley del más fuerte. Independientemente de como haya justificado sus propias acciones, el perjuicio que haya causado regresará hacia él. Además de la persona perjudicada haber sido sometida a burlas, al dolor, y tener sus oportunidades de vida limitadas, también las condiciones de vida de su familia son afectadas, y deben ser añadidas al perjuicio. Por ejemplo, debido a la falta de dinero, sus hijos pueden quedarse privados de la oportunidad de vivir una infancia plena, o de recibir la educación deseada, que por su vez puede traer otras consecuencias negativas, siempre a causa del hombre que haya sido el causador del daño inicial. Y no podemos siquiera imaginar cuantos desdoblamientos negativos pueden decorrer a partir de actitudes erradas. La cosecha de los actos humanos es, en general, mayor de lo que las semillas que plantamos; como las semillas de mostaza que crecen varios metros, y que también crecen en otras plantas.

¿Cómo el efecto reverso de tales acciones se muestran para cada una de estas personas? Aquél que ha reconocido su actitud como errada y ha operado cambios en su interior, convirtiéndose en una persona mejor, está ahora irradiando luz y vibraciones luminosas, a las cuales vibraciones pesadas y oscuras que regresan de sus actos anteriores no pueden anclar. Los malos efectos lo alcanzarán solamente con fuerza reducida, proporcional al cuanto de vibraciones oscuras él haya removido de su personalidad. Si ninguna oscuridad es encontrada en su interior, entonces los efectos malos simplemente no lo alcanzarán. Distinto de éste, aquel hombre que no haya promovido cambios en su interior será alcanzado con fuerza total por los efectos retroactivos de su actitud de antaño, porque estas vibraciones oscuras encontrarán apoyo para sus actividades. El efecto será enorme, y el hombre probablemente terminará en una silla de ruedas. ¡Ay de aquél que no percibe lo qué su comportamiento haya causado y sigue a actuar sin piedad! Habrá que experimentar en si propio el perjuicio que haya causado a otros.

La ley de la uniformidad protege las personas del sufrimiento desnecesario, permitiendo que solamente fuerzas de la misma especie se encuentren. ¿Por que aquel que ya se ha modificado habría que sufrir por sus actos pasados? A él no le traería ningún beneficio. Seria solamente una señal de imperfección, excluido de las leyes divinas perfectas. El sufrimiento es necesario solamente para los duros de corazón, incapaces de reconocer sus errores de otra forma excepto que solamente experimentando en si mismos el mal que han causado a otros.

Si el hombre es presuntuoso, calculista, egoísta, malicioso, o posee otras características obscuras en su intimo, su cuerpo espiritual irradiará también la oscuridad. Consistirá de vibraciones densas y pesadas y nada de bueno logrará alcanzarlo. Al contrario, el hombre generoso, amigable, que posee pensamientos nobles y bien-intencionados... irradiará vibraciones gentiles y luminosas de colores brillantes y vividas. Estará abierto solamente para fuerzas igualmente brillantes y bellas y nada de obscuro podrá alcanzarlo gravemente. Si estas dos personas distintas se reúnen, nada encontrarán en común. Así, todos intuitivamente buscan personas afines, de acuerdo con la ley de la uniformidad.

La Gracia de Dios jamás es concedida aquellos que han admitido su culpa, se han arrepentido de sus actos y quisieron cambiarse, sino solamente aquellos que realmente se han cambiado. La Gracia de Dios “reconoce” estos hombres conforme su irradiación. Opera en las leyes divinas perfectas según la intensidad de la luz o oscuridad del hombre, y no según lo qué él piensa sobre si. Pensar sobre las actitudes erradas no torna el espíritu luminoso y, por lo tanto, no impide el efecto del retorno oscuro. Solamente allá, donde el espíritu no esté cercado por la irradiación obscura, pero donde su manto esté limpio, es que los efectos de retorno de sus actitudes malas no encontrarán cualquier ancladero, resultando así en el “perdón de los pecados”.

Esta es la manera que la Gracia de Dios opera en nuestras vidas. Mismo el mayor pecador puede avanzar en dirección hacia la Luz sin preocuparse con los efectos reversos de sus acciones pasadas, los suprimiendo, aunque estos efectos fuesen muy grandes.

La Gracia de Dios consiste solamente en esto – y no en un perdón de pecados por conveniencia, para lo cual la Gracia de Dios es equivocadamente empleada.

Con relación a las leyes en las cuales la Gracia de Dios se aplica, además se debe decir que, mientras de un lado estas leyes ayudan a las personas a superar las consecuencias de sus actitudes condenables (el llamado “karma”), por otro lado también actúan vice-versa. Si el hombre se rebaja espiritualmente y su cuerpo astral se vuelve oscuro y pesado, él entonces interrumpe los efectos de retorno de sus acciones buenas anteriores. Los efectos buenos no encontrarán apoyo en las vibraciones oscuras así como los efectos de sus actos malos no podrían alcanzarlo si él haya se cambiado para mejor y pasado a irradiar luminosamente.

La ley de la uniformidad y la ley de la acción y reacción nos conduce de vuelta hacia la vida en el presente, y la Gracia de Dios nos es concedida como una grande ayuda en nuestro camino hacia la Luz. No importa lo qué ha sucedido en el pasado, pero solamente como somos en el presente.

Quién somos y cómo irradiamos no puede ser simulado u obtenido de otra forma sino a través de una honesta transformación en nosotros mismos. Saber que nuestras faltas pasadas, aún las peores, no están entre nosotros y la Luz abre el camino hacia la Luz para todos aquellos que desean descubrir lo que están haciendo de errado y hacer su máximo para cambiarse. La Gracia de Dios les ayudará.


Facebook
Twitter
LinkedIn
MySpace


Acima Índice Home
desde 1/1/2007 3894413 visitantes